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Ocho días sin Mario

No sé cómo explicar que el decurso vital me sujeta al espacio que habito, que los proyectos urgentes me requieren al pie del cañón y que el trabajo de mierda que tramito a diario me impide hacer exactamente lo que debiera hacer. Cada día recibo fotos y vídeos de Mario: durmiendo, recién bañado, antes y después de la toma, tumbado como un rey con su pañal como único vestido..., y presiento a mi niño abrigado por sus padres, cuidado hasta el más mínimo detalle; pero me siento mal por no estar allí cada cinco minutos para contemplar su sueño, para asombrarme con cada uno de sus gestos o para colocar uno de mis dedos en su manita y sonreír mientras lo aprisiona levemente.
En todo caso, pienso en que sus padres ahora necesitan espacio, que nadie los moleste, y eso me calma un poquito..., y también me calma el tener muy claro que todo lo que hago también lo hago por Mario, para que algún día sepa que ser humanista es el camino correcto, que trabajar para un futuro con dignidad es un buen plan de vida, que sepa que mientras él dormitaba feliz tras el último baño, su abuelo estaba intentando mejorar la vida de Luana, la de Rosita, la de Cucú, la de Melqui..., esos niños preciosos que jamás podrán tener lo que él ya tiene. Aún así, me siento mal por no viajar cada día a Madrid y estar enredado en mercadillos, buscando materiales para el próximo concierto solidario o buscando dinero debajo de las piedras para pagar cada una de las jodidas deudas pendientes.
Ahora sé que Marío es mi norte, siento su falta y solo lleva aquí diez días. ¡Puñetero chiquitín! Me ha cambiado la vida esta pizquita en dos minutos, sumándole pasión a la que ya sentía, intensidad y ganas, muchas ganas de salir adelante para verle crecer, para robárselo a su padres de vez en cuando y salir a fardar de nieto por las calles de Béjar.

Ocho días sin Mario se hacen verdaderamente eternos.

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